domingo, 22 de abril de 2012

La muerte de una biblioteca


La sabiduría clama en las calles, alza su voz en las plazas;  clama en los principales lugares de reunión; en las entradas de la puerta de la ciudad dice sus razones.
 ¿Hasta cuando, oh simples, amaréis la simpleza, y los burladores desearán el burlar, y los insensatos aborrecerán la ciencia?
(Proverbios 1: 21-22)

Cuando era un cachimbo no le tenía mucho cariño a la bibliotecología. Sin embargo, cuando veía una biblioteca pública o popular, me inflaba el pecho e ingresaba con autoridad a sus salas de lectura. Ganas no me faltaban de hacerle la conversación al bibliotecario y soltarle, así de improviso, que yo era estudiante de bibliotecología. La verdad es que esa arrogancia se me quedaba en los pensamientos, nunca conversaba con los bibliotecarios y, siendo sincero, no sabía casi nada sobre las bibliotecas. A propósito de esto, recuerdo la biblioteca popular de Pamplona Alta. Vivía a dos cuadras de ella y casi siempre estaba cerrada. Intuía que pocas personas la visitaban. Y con razón, pues en menos de un radio de 100 metros imperaba (e impera hasta el día de hoy) la delincuencia, el vagabundeo y el pandillaje. Ni la biblioteca ni la loza deportiva que lo acompañaba pudieron calar en el espíritu extraviado de esa juventud que alguna vez me tuvo cogoteado. A pesar de eso, una vez me animé a visitar la biblioteca. La encontré abierta pero penumbrosa. Atendía una señora. Me acerqué y le dije que era universitario y omití mi carrera con la intención de que me preguntara qué estudiaba. No lo hizo. Con mal humor me dijo que la biblioteca no atendía a universitarios. No era la respuesta que esperaba. Entonces le pedí que me dejara usar al menos sus pequeñas salas para leer mis propios libros. «No, está prohibido, ¿no entiende?». Sus formas déspotas me hirieron y me fui refunfuñando.

Hace poco, en mi curso de noveno ciclo, Seminario de Bibliotecas Públicas y Comunidad, la profesora nos encomendó hacer un estudio sobre bibliotecas públicas, de preferencia, de sectores alejados del centro de la ciudad. Pensé en esa biblioteca de Pamplona y volví después de cuatro años. Era Viernes Santo y en la loza unas monjitas preparaban una actividad religiosa. Les pregunté sobre la biblioteca y me contestaron que ella ya no funcionaba, que la gestionaba la Parroquia San Martín pero la población no supo aprovecharla, nunca recibió el apoyo de ninguna institución estatal ni privada, y los alemanes que la financiaban no la vieron viable.

La biblioteca estaba cerrada, y esta vez para siempre. Sus ventanas rotas eran como ojos huecos, su fachada había sido profanada con grafitis y frases de mala ortografía, sus paredes impregnadas de polvo la vestía de ruina. Dentro su colección dormía el largo sueño de la inutilidad. Dentro el rumor de su muerte gemía un proverbio cansado…


César Chumbiauca



2 comentarios:

xavier dijo...

Es una realidad en nuestro País, en especial en los lugares excéntricos de la capital. Lo narrado, no solo causó en mi indignación y congoja; sino también reflexión de una realidad que nos aqueja, es triste ver la muerte de bibliotecas. Me pareció atinado la experiencia contada por Usted mi estimado, su ejemplificación, y forma de expresar una realidad tan conocida, pero poco difundida en este mundo llamado Perú.

César Antonio Chumbiauca Sánchez dijo...

Indignación y congoja, un sentimiento común para los que se topan con la realidad.

Saludos, Xavier.

César.

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