lunes, 19 de enero de 2015

Los libros que jamás vamos a leer

Un profesor universitario entra a una librería. Un joven librero se le acerca y le pregunta amablemente qué libro busca. El profesor mira alrededor mientras se soba la barbilla. «¿Gusta de la ciencia ficción, la historia, tal vez la filosofía?», consulta el joven. «No, gracias»,  responde el profesor. De pronto clava la mirada en un libro, se aproxima al estante y lo saca. «Ya veo —dice el librero—. Usted investiga sobre las religiones. Ese diccionario de religiones tiene otros volúmenes. Se los puedo ense…». «No se tome la molestia», contesta el profesor y saca de su bolsillo una regla. Finalmente dice: «Este es el libro con las proporciones exactas para cubrir un hueco en el estante  de mi biblioteca».

Lo anterior puede que sea un chiste conocido, aunque me lo contó como anécdota sobre un profesor un amigo que estudiaba literatura. Como parece un chiste, es un poco exagerado; pero muchos intelectuales hablan sobre este hecho de adquirir libros que van a parar en sus bibliotecas personales para leerlos jamás. Le pasaba a Julio Ramón Ribeyro:

¡Cuántos libros, dios mío, y qué poco tiempo y a veces qué pocas ganas de leerlos! Mi propia biblioteca donde antes cada libro que ingresaba era previamente leído y digerido, se va plagando de libros parásitos, que llegan allí muchas veces no se sabe cómo y que por un fenómeno de imantación y de aglutinación contribuyen a cimentar la montaña de lo ilegible y, entre esos libros, perdidos, los que yo he escrito.

¿Por qué adquirimos libros que tal vez jamás vamos a leer? Porque según el autor de Los demasiados libros, Gabriel Zaid: «Hoy resulta más fácil adquirir tesoros que dedicarles el tiempo que se merecen».

Los demasiados libros es uno de los ensayos más lúcidos
sobre las problemáticas del libro y la cultura.
La idea de tesoro como algo que es valioso también la tenía el escritor chileno Roberto Bolaño. En la entrevista que el programa La belleza de pensar le hizo en una de las ferias del libro en Chile, declaró: «Compro libros y ni siquiera los leo, los acaricio». Bolaño, como muchos otros, alcanzaba a tener su colección de libros en su biblioteca como las láminas de un álbum de cromos: «Y para mí, con los libros, viene a ser casi lo mismo, es decir, la selección brasileña, las láminas de la selección brasileña, pues me faltaban tres. Y con los libros es lo mismo: si me faltan dos stendhal voy a morir».

Gabriel Zaid comenta que algunas bibliotecas personales son proyectos de lectura, en otro caso un fraude que pretende impresionar a las visitas en casa o que simplemente es la vanidad de dárnoslas de cultos. En mi caso, pasan las tres cosas, aunque falta decir que además los libros adornan muy bien mi sala. Para acabar, pienso que no debemos sentirnos mal porque compramos libros que tal vez nunca leeremos y que terminarán siendo objetos que impresionan a las visitas (algunas ingenuas que creen que hemos leído todo lo que ven en los estantes). No podemos leer todo lo que está en nuestras bibliotecas, pero con que estén allí está la posibilidad, al menos de ojearlos.  Que nos quede la conciencia tranquila con estas palabras de Zaid: «¿Qué demonios importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa después de leer».


César Chumbiauca

1 comentarios:

Duvi dijo...

Interesante artículo. Quiero conseguir el libro de Zaid :)

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