jueves, 1 de diciembre de 2011

Colonial y marmóreo

Uno ama lo que sufre, lo valora, lo arraiga a su corazón. Yo amo cada libro de todos estos estantes, amo a cada lector de esta sala de quienes quisiera despedirme con un abrazo, amo este teclado con el que escribo porque todavía estoy aquí, informalmente trabajando porque me dieron la noticia de que mis prácticas finiquitaron la semana pasada. Desde hace varios días me he quedado despierto hasta las dos de la mañana, en medio de tareas y trabajos pendientes de la Universidad y el Colegio, porque tengo un cuento que no he terminado. El personaje principal: la Biblioteca Nacional. Quise terminarlo antes de que se acabaran mis prácticas, pero es un cuento tan a la aventura y tan divertido. Leo a Bryce, a García Márquez y a Sofocleto para darle soltura, picardía y un poco de sátira constructiva. Pero como decía, no lo he terminado. Será mi deuda con este templo del saber, colonial y marmóreo. Será mi deuda porque aquí aprendí a querer el oficio de bibliotecario y la necesidad de una verdadera ciencia bibliotecológica. Es verdad, no pagaré con un cuento todo lo que he recibido. Ahora empieza la carrera de la profesionalización con miras a hacer un país lector y reflexivo, porque eso es lo que hacen los libros, señor. La lectura no es nada más una vanidad. Aunque leer no nos haga felices, nos hace libres. Las palabras de don José de San Martín hablan más o menos de esto en la placa a la entrada de la Biblioteca. Me doy cuenta que quería hablar de una cosa y me fui por la tangente. Estoy con la emoción del que se va en un trasatlántico, por eso se me desbaratan las ideas como en una novela de Joyce. He sabido querer este lugar con sus problemas y su falta de recursos; su personal, de todo tipo y humor, me ha caído bien siempre; hice buenos compañeros y gratas amistades con los usuarios, sobre todo con usuarias, no lo niego; los amigos de seguridad siempre tan amables, chamberos corajudos que soportan de pie de ocho a ocho, todo el día. En fin, me daba gusto explotarme aquí, a veces con un poquito a  regañadientes, como lo escribí en el relato El oficinista. El portugués Pessoa decía en su Libro del Desasosiego algo así como que todo el mundo es explotado, pero lo que interesa es para qué fin nos dejamos explotar. Mi tío Javier me decía que lo que yo hago es pagar derecho de piso; trabajar horas extra es bueno si en el fondo me beneficia con más experiencia. Ahora sé muchas cosas, me siento capaz de dirigir una biblioteca escolar. Hace un año me sentía incapaz de gestionar cualquier cosa, hasta mi vida. Con la antipatía que le tenía a mi carrera de bibliotecólogo, peor. Mas ahora mucho es diferente. Encontré problemas: encontré oportunidades. Creo que le estoy robando una idea a Jorge Basadre o no sé a qué otro intelectual. Fue un gusto trabajar aquí, señor.



César Chumbiauca

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