jueves, 18 de octubre de 2012

Los papeles de Kafka


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Franz Kafka (Praga, 1883 - Kierling, Austria, 1924)

     Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó en la Biblioteca Nacional de Israel, en Jerusalén.  

      La frase anterior puede quedar bien, ya no para un inicio semejante a La metamorfosis, sino para el final de una novela que trate sobre las desventuras del patrimonio documental del gran escritor expresionista del siglo XX, Franz Kafka. El argumento, no tan ficticio que digamos, nos ubicaría en Austria, allá por el año 1924, en donde en un sanatorio cerca a Viena, Kafka, gravemente enfermo de tuberculosis, logra apenas redactar una carta para su amigo poeta Max Brod, pidiéndole que recolecte todas sus cartas, notas, diarios y cualquier otro material donde él haya escrito o le hayan escrito y los queme. El 11 de junio del mismo año el autor de El proceso muere, pero Max Brod, quien logra reunir todos los papeles y documentos no cumple la petición y, considerando la genialidad de su fallecido amigo, conserva todo. Luego comenzará a publicar algunos de los textos calificados de alto valor literario y biográfico. El mundo conoce  la intimidad desasosegada del escritor judío, motivando así la pluma de otros grandes de la literatura universal como Albert Camus o Jorge Luis Borges. En 1939 Alemania busca judíos en Praga y Brod, que lo era, huye a Palestina con la maleta del tesoro kafkiano. Años después, en 1948, las Naciones Unidas hace espacio para Israel a las orillas del Mediterráneo. Se crea en el reciente país la ciudad de Tel Aviv y allí reposa Max Brod en compañía de su secretaria, Esther Hoffe. El poeta judío muere en 1968  sin hijos a quien heredar y deja en manos de Hoffe sus documentos y también los de su amigo, afirmando en su testamento, redactado en 1961, que al morir la secretaria todos los papeles deberían pasar a la Biblioteca Municipal de Tel Aviv, la Universidad Hebraica de Jerusalén o algún otro archivo o biblioteca de Israel o del extranjero. No era un regalo. Adelantándose algo, Hoffe vende originales de El proceso al Archivo de Literatura Alemana por la suma de 1,7 millones de dólares, dinero suficiente para vivir hasta los 102 años, que es cuando antes de fenecer lega su departamento con todo el patrimonio documental  a sus dos hijas, Eva Hoffe y Ruth Wiesler. Cuando la madre muere,  la Biblioteca Nacional de Israel reclama los papeles valiéndose del testamento de Brod de 1961. Pero Eva reconoce el jugoso valor económico del legado y lo retiene como un regalo de su madre en el departamento donde convive con una jauría de perros y una cincuentena de gatos de los que no sabemos si se llevan en paz. Intelectuales y admiradores de Kafka en todo el mundo se indignan. La disputa se agita ante el tribunal de Tel Aviv, que combinando criterios humanistas y legales falla a favor de la Biblioteca Nacional de Israel. La policía puede ingresar en cualquier momento al departamento de las hermanas y llevarse los documentos de Max Brod y Franz Kafka. Sin embargo, Eva Hoffe amenaza con apelar. El mejor reposo de los documentos se dilata. Y si Eva se sale con la suya, entonces esta historia tal vez ya no tenga fin, condenando a Gregorio Samsa a seguir siendo un instrumento de lucro, un insecto por siempre.


César Chumbiauca

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