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Si queremos jóvenes lectores, ¿debemos obligarlos a leer? ¿Tenemos que imponerles los libros e incluso nuestros gustos literarios? ¿Tienen que leer clásicos como Hamlet o Don Quijote de la Mancha aunque tengan que ver poco con la vida de un adolescente? Nada quita que la obra de Shakespeare o la de Cervantes sean monumentos de la Literatura. El problema está en cómo hacemos que los jóvenes las valoren. Quizás sean libros dirigidos para lectores duros, exigentes.
No falta un escritor conocido que tenga la
responsabilidad, por imposición social, de convertirse en animador de la
lectura. Nadie como el español Enrique Vila-Matas para reírse de esto en su
novela El mal de Montano:
Ya no soy el rígido enfermo de literatura de antes. O mejor dicho: empiezo a no entender por qué debo hacer apostolado de la lectura. Que cada iletrado de este país haga lo que quiera, faltaría más. (…) Me pregunto pues por qué razón debería echarles una mano y recomendarles que leyeran libros si sólo les deseo el mal, si sólo quiero que aumente su estupidez y se estrellen de una vez por todas viajando en el tren de la ignorancia que pagamos todos pero que algún día ellos pagarán muy caro yéndose al pozo sin fin del fracaso, con la música a otra parte, a una industria diferente. Es más, les detesto tanto que me encantaría que les obligaran a leer, que desde algún lugar saliera un pérfido decreto, una drástica orden de acercarse al libro, y de pronto las ciudades de este país se convirtieran en bibliotecas de forzada, caótica y mentecata actividad intelectual.
Yo
mismo me he preguntado qué pasaría si me preguntaran por qué hay que leer. Hay
muchas personas con mayores éxitos, con mayores alegrías que yo. Un alumno en
el colegio donde dicto Literatura fue
expulsado de su anterior colegio y es considerado un mal estudiante. Ese alumno
es precisamente un devorador de libros. Lee incluso hasta en el curso de
Matemáticas y, según me ha contado el director, repitió un año porque no iba a
clases por irse a comprar libros a la feria popular de Amazonas. Un par de años
atrás, antes de que se cambiara de colegio, lo vi recitar un poema de Vallejo y
tener ganas de llorar. Hace unas clases, se comía los sesos tratando de que le
salieran unas metáforas que distaran mucho de las corrientes invenciones de sus
compañeros. Él me recuerda algo a mí cuando era escolar. Algunas ocasiones en
que empezaba un libro, más que por curiosidad o entretenimiento, leía porque
estaba triste. Un personaje, una voz dentro de las novelas y los poemas, estaba tan incómodo o insatisfecho con su vida como
yo.
Nos
rasgamos las vestiduras porque los jóvenes no leen. Pero ¿qué queremos lograr
con que lean? ¿Tiene una utilidad la lectura? Yo he ensayado esta respuesta: la
lectura, y especialmente la literatura, no nos hace buenos ni malos, mejores ni
peores, exitosos o perdedores. Nos hace pensantes. No sé cómo, no sé por qué,
pero de algún modo leer es un ejercicio de la reflexión. Con la reflexión se
forma el molde de nuestro espíritu, meditamos sobre el amor, la muerte, la
soledad o sobre quiénes somos. Después se forma el sentido crítico y por simple añadidura tenemos más vocabulario para poder hablar
bien (si es que no somos tan tímidos). Más tarde o más temprano terminamos por
leer de todo, ya no solo literatura. Pero todo esto solo funciona sin
obligación, sin imposición. Aunque es cierto que las redes sociales ganan más
espacio del tiempo libre que tienen los adolescentes, pienso que la mejor forma
de que un muchacho se acerque a un libro es construyendo el puente de la
curiosidad y sus intereses.
César Chumbiauca
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