martes, 21 de noviembre de 2017

La cultura, la educación y el turismo

(Imagen: www.cultura.gob.pe)
Quizás no lo recuerden, pero hace unos meses se estuvo discutiendo sobre el incremento al 1% del Presupuesto del Sector Público 2018 destinado a cultura. Hubo todo un debate sobre si debíamos considerar la cultura como un lujo o una necesidad para formar una sociedad más humana.  Aldo Mariátegui, detractor mediático, dijo: “Si fuéramos un país (...) consciente de su pobreza, cerraríamos Cultura (creación huachafa de García II) y esos US$900 millones anuales los dedicaríamos a aumentar el sueldo de maestros”. ¿En serio tiene razón ese señor? Lo que no sabe es que la cultura es un aliado fundamental para otros sectores como la educación y el turismo.

No es un problema solo en el Perú. En otros países de Latinoamérica este sector no recibe más del 1%. Incluso en Argentina se está discutiendo bastante el asunto de su presupuesto y lo que será designado para el fomento de las artes. Ante estas idas y venidas, la cultura cada vez más se está autofinanciando como puede, principalmente reuniéndose en grupos independientes concentrados en el sector local, defendiendo el acceso justo y tomando los espacios públicos. Si uno se pone a ver un poquito más, se dará cuenta que existen muchísimos movimientos independientes que están forjando cultura y para eso buscan bastante la colaboración de las instituciones públicas y el mecenazgo de las empresas privadas. No obstante, ante la falta de recursos económicos, la cultura también se puede apoyar en otros sectores con mayor presupuesto estatal como educación y turismo.

La educación, cuyo fin es formar buenos ciudadanos, necesita inocular valores, ciencias, deportes y cultura en la población. Qué son las humanidades sino conocimiento, tradiciones, costumbres, arte, en síntesis, cultura. La formación de la identidad nacional, el respeto a todas las sangres, el orgullo por nuestras costumbres y nuestros antepasados, es cultura y es educación. Por otra parte, el turismo tiene una rama orientada a la valoración del patrimonio cultural y espacios públicos. Qué visita uno cuando se va a Egipto, a Grecia o a Machu Picchu. No va a ver solo ruinas, va a conectarse con la historia, con la cultura milenaria, con el pasado de los pueblos. Eso también es cultura. Cuando visitamos una ciudad, ¿acaso no preguntamos por los museos y las bibliotecas también?

En ese sentido, se justifica una mayor promoción cultural. La gestión de la cultura es un mundo amplio y el ministerio pertinente, con su 1% (si se llega a aprobar), quizás siga sin darse abasto. Pero el trabajo debe seguir adelante, porque con espacios culturales las familias acceden a lugares de esparcimiento, mejora la convivencia entre los ciudadanos, los jóvenes encuentran alternativas que los alejan del pandillaje y la drogadicción ya que existen museos, bibliotecas, teatros y centros para la creación, ejercicio y difusión de actividades artísticas, etcétera. Por otra parte, los municipios generan ingresos porque una ciudad culta se hace atractiva turísticamente. En conclusión, además de ayudarse con un incremento en el presupuesto, el sector cultura se complementa con la educación y el turismo, lo cual no es huachafo, como acusa Aldo Mariátegui. Más huachafo es no tener cultura.


César Antonio Chumbiauca

miércoles, 18 de octubre de 2017

Sistema Nacional de Bibliotecas: compromiso y gestión

(Director de la BNPAlejandro Neyra, junto al Ministro de Cultura, Salvador del Solar, y autoridades de la Biblioteca Pública de NY. Imagen: BNP)

Hace unos meses, cuando Alejandro Neyra Sánchez asumió la dirección de la Biblioteca Nacional del Perú, pareció que por su perfil de diplomático se dedicaría más a recuperar libros tal como fue la línea de su antecesor, Ramón Mujica Pinilla. Sin embargo, Neyra y todo el equipo de la Biblioteca Nacional ha emprendido un ambicioso proyecto sobre la falta de servicios culturales públicos, un proyecto que quizás no sea tan ambicioso si miramos el caso de Argentina o Colombia, y es el de concretar finalmente un verdadero sistema nacional de bibliotecas.

Por eso ha sido grato enterarnos que a fines de setiembre de este año el director nacional junto con el ministro de cultura, Salvador del Solar, viajaron a Estados Unidos para conocer la gestión de la Biblioteca Pública de Nueva York y todo el sistema de bibliotecas de dicha ciudad. El perfil diplomático de Neyra ha resultado idóneo para establecer nexos de colaboración con los altos cargos de esta ejemplar biblioteca. Como se sabe, a mediados del siglo pasado Jorge Basadre también se basó en ella para restaurar nuestra biblioteca nacional con servicios modernos y la aplicación de técnicas de la bibliotecología norteamericana de ese entonces.

Por otra parte, los bibliotecólogos que trabajan en la BNP están conformes con que se haya disipado la malsana imagen que relacionaba a nuestros colegas con la mafia dedicada al tráfico de patrimonio bibliográfico, todo por una confusa denuncia. Por el contrario, ahora ellos son considerados profesionales estratégicos para sacar adelante el sistema nacional. Da gusto visitar la página de Facebook de la BNP y enterarnos de la labor responsable que están realizando todos allí, desde la persona que cataloga hasta la dirección ejecutiva.

Compromiso y buen clima organizacional es un primer paso para el arduo, complejo y tedioso proceso que es implementar un buen sistema nacional. Las bibliotecas periféricas de la BNP no se dan abasto para servir a toda la capital. Hay distritos que no tienen siquiera una biblioteca municipal, mientras que en otras existen algunas creadas por iniciativa de los mismos pobladores, que son las bibliotecas comunales. El esfuerzo no debe terminar en un sistema limeño de bibliotecas, tiene que expandirse para que sea efectivamente nacional. Es lo que ha recalcado el director de la BNP en algunos medios. Por eso resulta importante la colaboración del Colegio de Bibliotecólogos del Perú y aprender de los modelos de sistemas de bibliotecas universitarias como el de la Pontificia Universidad Católica del Perú. También se debe considerar el aporte de los centros de enseñanza de nuestra profesión cuando realizan estudios de la realidad de las bibliotecas públicas en nuestro país. Ruth Alejos Aranda, una de mis profesoras en la universidad, decía que para implementar un sistema nacional de bibliotecas era necesario establecer centros coordinadores en todas las regiones, pero que la creación de estas unidades de información no estaba dándose desde las autoridades, por lo que era mejor empoderar a las comunidades. Es una tesis que se puede robustecer desde la academia y aplicarse desde la BNP y el Ministerio de Cultura.

Que no decaiga el inmenso esfuerzo y compromiso. Hasta el sentido común nos dice que las bibliotecas públicas son importantes, porque además de fomentar la lectura y servir como un espacio cultural, conjugan muy bien con la educación y el turismo. Alentemos este proyecto.

César Antonio Chumbiauca

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Los cien metros planos de la investigación académica

(Imagen: www.neoscientia.com).
Vivimos en una sociedad muy exigente donde la manera más común de entender la trascendencia es a través del “éxito” corporativo, olvidando otras formas espirituales de trascender que no consiste en irse a una montaña y meditar, sino que se trata simplemente de ejercer lo que a uno le gusta. Hay exigencias que son principios vitales, eso sí, como la excelencia y la calidad. Pero otras exigencias forman parte de una competencia vertiginosa. El mundo académico, que por siglos se caracterizó por su rigor contemplativo, no escapa a la modernidad. La sociedad del conocimiento también es exigente.

Hoy en día la brecha entre las universidades del primer mundo y las de la región se miden por su producción científica. Stephen Buranyi en El lucrativo festín de las editoriales científicas: bibliotecas, científicos y gobiernos pagan la cuenta, señala: Actualmente, todo científico sabe que su carrera depende de ser publicado, y el éxito profesional está especialmente determinado por hacer que el trabajo llegue a las revistas más prestigiosas. El lento y largo trabajo, casi sin dirección definida, que siguieron algunos de los más influyentes científicos del siglo 20 ya no es una opción viable de carrera”. Embarcándose en este coche, la universidad peruana también quiere resaltar y está apostando en la generación de conocimiento. Aquello es estupendo y los mandatos que vienen desde el Estado tienen buenas intenciones. Sin embargo, no todos están entendiendo las cosas como son debidas, por lo que en un afán de competir o de ser visibles están moviéndose a la loca -digámoslo coloquialmente- y así no debe ser. Por eso ha sido interesante la última reunión entre el Ministerio de Educación (Minedu), la Superintendencia Nacional de Educación Superior Universitaria (Sunedu) y el Consejo Nacional de Ciencias Tecnología e Innovación Tecnológica (Concytec) para discutir estos asuntos en la conferencia Incentivando la Investigación y el Acceso Abierto (12 de setiembre, auditorio principal de la Sunedu).

Además de presentar los logros y los retos, esta reunión tuvo la participación de ponentes de peso que más allá de sus títulos en el extranjero demostraron ser personas realmente lúcidas. Entre ellas resaltó Eduardo Court Monteverde, Ph.D en Finances Privees et Publiques, Université de la Sorbonne, Paris, quien se atrevió a denunciar que algunas universidades licenciadas habrían obligado a que sus profesores contratados firmen falsos contratos de nombramiento. Además, criticó que existieran universidades que imponen a sus investigadores noventa días para escribir un paper, cuando los mejores de la ciencia toman entre dos o tres años redactarse. También llamó la atención sobre las conductas irresponsables y poco éticas de aquellos investigadores que toman ideas de otros y que los editores de publicaciones científicas se estén descuidando de la calidad y las normas. Señaló también que la universidad peruana debe ser consciente de la verdadera noción de investigación: “Investigar no es hacer proyectos”, dijo.

Otra ponencia destacada fue la de Iván Montes Iturrizaga, de la Universidad La Salle de Arequipa. Sin desmerecer todo el esfuerzo de Sunedu y Concytec, expuso que su universidad realiza investigación no tan pegada a la norma estatal. Su estilo va por ofrecer a los investigadores un abanico de facilidades para que realicen su trabajo con placer, sin necesidad de marcar tarjetas de entrada y salida en una oficina, sin restricciones para participar en actividades académicas en el Perú o en el extranjero, incluso sin meterse con su objeto de estudio, contraponiéndose a ciertas políticas de desarrollo regional. Iván Montes Iturrizaga indicó que este proyecto es un plan cuidadoso en el que se considera el escalafón académico que va desde un asistente investigador hasta un investigador senior con experiencia curtida y animoso de su propia disciplina. Por último, remarcó que su universidad apoya por igual a las humanidades como a la ciencia y que la calidad es un elemento importante de su producción.

Como se ve, figurar en los rankings universitarios llama siempre la atención y da una idea de prestigio, pero es importante considerar la realidad peruana y actuar de manera sosegada para no errar. Ciertas universidades, de la noche a la mañana, obligan a sus profesores a publicar un artículo en una revista indexada en SciELO, por ejemplo, y aunque es un principio que los profesores publiquen y hagan investigación, también es verdad que no sabemos si la universidad peruana les da las facilidades económicas para que lo hagan con dedicación, si hay un control adecuado o si los temas son novedosos. Pero todas estas fallas se pueden corregir. El principal objetivo de la universidad peruana no es situarse entre los primeros puestos de los rankings; su objetivo real es formar profesionales y hacer investigación con excelencia.


César Antonio Chumbiauca

martes, 22 de agosto de 2017

Elsevier: el interruptor de las publicaciones científicas

(Imagen: Dom McKenzie). 
Hace unos meses Gisella Orjeda Fernández renunció a la dirección del Concytec. Una de sus razones fue que la Presidencia del Consejo de Ministros (PCM) se había negado a pagar los 11 millones (no dijo soles o dólares) que cuesta la suscripción anual a la base de datos Scopus y ScienceDirect. Como se sabe, estas bases de datos son valiosas para los científicos por contener publicaciones de alto prestigio académico. Sin embargo, la transnacional que provee estos recursos ha recibido críticas por concentrar el conocimiento científico de forma restrictiva. Nos referimos a la multimillonaria editorial británica Elsevier. Stephen Buranyi, del diario inglés The Guardian, ha removido el tema con un reportaje titulado Is the staggeringly profitable business of scientific publishing bad for science?

Se dice que el negocio de las editoriales académicas, a pesar de ser un mercado especializado, es tan rentable como la industria del cine. Buranyi escribe: “En 2010, la rama de las publicaciones científicas de Elsevier reportó ganancias de £724 millones de libras sobre £2,000 millones en ingresos. Era un margen de 36%: más alto que el reportado por Google, Apple o Amazon en un año”. Gracias al historiador Alberto Loza Nehmad contamos con la traducción del artículo de Buranyi. Se llama El lucrativo festín de las editoriales científicas: bibliotecas, científicos y gobiernos pagan la cuenta. El título da en el clavo. ¿Cuál es el modelo de negocio de Elsevier?

Los científicos crean su obra bajo su propia dirección -financiados en gran medida por los gobiernos- y se la entregan gratis a las editoriales; la editorial paga a editores científicos que juzgan si la obra es digna de publicación y revisan su gramática; pero el mayor bulto de la carga editorial -revisar la validez científica y evaluar los experimentos, un proceso conocido como revisión por pares- es hecho por científicos que trabajan voluntariamente. Las editoriales venden luego el producto de vuelta a bibliotecas financiadas por los gobiernos y a bibliotecas universitarias, para que sea leído por los científicos, los cuales, en un sentido colectivo, fueron quienes crearon el producto.

Es como si el New Yorker o The Economist exigieran que los periodistas escribiesen y editasen sus trabajos gratis, y le pidieran al gobierno que pagara la cuenta.

Lo interesante del artículo es que nos ofrece un recorrido por la historia no solo de Elsevier, sino de su antecesor, Pergamon, y su paladín Robert Maxwell. A puertas de 1950 este señor trabajaba para la editorial Butterworths, una empresa asociada a la alemana Springer. Pero Butterrworths dejó de funcionar después de unos años y Maxwell, con su socio Paul Rosbaud, la compraron y le cambiaron el nombre por Pergamon Press. Se dice que Rosbaud fue quien empezó con el estilo de concentrar publicaciones científicas y Maxwell fue aprendiendo: “Todo cuanto necesitaba hacer era convencer a un académico prominente de que su particular campo de estudio requería una nueva revista para mostrarse apropiadamente e instalar a esa persona en la dirección. Pergamon empezaba luego a vender suscripciones a bibliotecas universitarias, las cuales súbitamente empezaron por entonces a tener mucho dinero del gobierno para gastar”. Así fueron progresando y liderando un mercado que hasta 1959 superaba a una emergente Elsevier. Aunque los científicos e investigadores miraban mal cómo funcionaba tal negocio, Maxwell tenía un carisma y un poder de convencimiento que lograba que un detractor cambiara de opinión. Claro, los invitaba a festines lujosos. Sin embargo, quienes sí notaban el problema con claridad eran las bibliotecas universitarias, pues se veían amarradas a suscripciones de alto presupuesto. Pero la ambición que hizo grande a Maxwell también lo arruinó por apostar mal en otros negocios. En 1991 vendió Pergamon a Elsevier por £440 millones de libras y al poco tiempo, de un modo misterioso, apareció ahogado cerca de su yate en Islas Canarias.

Y las cosas continuaron su rumbo. Buranyi afirma: “Si el genio de Maxwell estuvo en la expansión, el de Elsevier estuvo en la consolidación. Con la compra del catálogo de Pergamo, Elsevier pasó a controlar más de 1,000 revistas científicas, lo que la hacía, de lejos, la más grande editorial del mundo”. Luego vino la era de Internet y se pensó que caerían las grandes transnacionales con la información compartida en la web. Pero en ese momento inicia lo que Maxwell predijo en 1988, “que en el futuro solo quedaría un puñado de compañías editoriales inmensamente poderosas, y que ellas continuarían sus negocios en una era electrónica sin costos de impresión, dirigiéndose casi a la ganancia pura”. Nacen entonces bases de datos como Scopus y ScienceDirect que almacenan a cientos de revistas en un solo portal a cambio de una suscripción millonaria. Así se explica nuestro problema. El Estado peruano no ha desembolsado la suma de 11 millones y nos corresponde estar al margen de lo mejor de la ciencia por reglas del mercado: “…paga, y las luces científicas siguen encendidas, pero rehúsa pagar, y hasta una cuarta parte de la literatura científica se apagaría en cualquier institución”.

Ante esta situación, no nos queda más que seguir apostando por el Acceso abierto, pero a consciencia, con contenidos de calidad. Porque el conocimiento no le pertenece a las corporaciones solamente, le pertenece a la humanidad y sirve para encontrar soluciones a las enfermedades o para desarrollar políticas en beneficio de la sociedad. En todo el mundo el movimiento del Acceso abierto defiende la información libre porque considera que su fin es ser compartida y no vendida.

César Antonio Chumbiauca

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